Por: Bruno Basile | [email protected]
Leyendo mis últimos artículos, no he dejado de repetir una frase que hoy puede sonar trillada, pero que sigue vigente y seguirá siéndolo por varios años más: estamos viviendo un cambio de época.
Lo cierto es que el mundo siempre ha estado en constante transformación. Lo que sentimos ahora no es solo cambio, sino velocidad, saturación de información y una sociedad que aún no termina de adaptarse a la tecnología, ya sean redes sociales, inteligencia artificial o lo que esté por venir.
Este contexto ha generado nuevos retos para todas las profesiones, pero en particular para quienes gestionamos la comunicación de empresas y organizaciones. Si bien hace diez o quince años hablábamos de la importancia de que los profesionales de la comunicación se integraran a la alta dirección, hoy deberíamos dar por sentado que, si esto no ocurre, tarde o temprano la empresa pagará el precio. No solo por la incapacidad de anticiparse a riesgos reputacionales, sino porque la volatilidad actual exige decisiones rápidas, mensajes coherentes y, sobre todo, un alto sentido de humanidad en la comunicación.
Pero aquí surge una pregunta incómoda: ¿qué pasa si quien está llamado a guiar a la empresa en estos procesos también se deja arrastrar por la vorágine del cambio?
Es en ese punto donde entramos en lo que algunos denominan la dictadura del algoritmo. Un escenario en el que dejamos de pensar estratégicamente y apostamos todo al alcance y la visibilidad, restándole valor a nuestra experiencia y diluyendo el rol estratégico de la comunicación. Porque, bajo esta lógica, ya no es necesario haber estudiado comunicación o carreras afines para posicionar un mensaje. Hoy, con las herramientas disponibles, prácticamente cualquier persona puede hacerlo. Y entonces la pregunta es inevitable: si cualquiera puede hacerlo, ¿qué valor real estamos aportando a la organización?
La dictadura del algoritmo no consiste solo en mirar métricas o perseguir tendencias. Consiste en permitir que la urgencia de publicar reemplace al criterio de comunicar. He visto organizaciones y profesionales reaccionar o sumarse a conversaciones irrelevantes, solo para explicar semanas después por qué ese mensaje nunca debió haber salido. Mucha visibilidad, poco sentido estratégico.
Es ahí donde, como profesionales, necesitamos bajar las revoluciones y volver a lo básico. Preguntarnos con honestidad:
- ¿Este mensaje aporta a la estrategia del negocio o es solo ruido?
- ¿Qué estoy proyectando yo como profesional y qué está proyectando la empresa cada vez que publico algo?
- ¿Qué estoy haciendo realmente diferente a lo que hacen los demás?
Esas reflexiones me han llevado a una conclusión cada vez más clara: en el entorno actual, muchas veces menos, es más. No todo tiene que ser publicado. No todo debe tener visibilidad.
Una comunicación estratégica es, ante todo, una comunicación oportuna, en tiempo, forma y contenido. Vale la pena hacer este ejercicio a nivel personal y trasladarlo luego a nuestra realidad profesional.
Si los profesionales de la comunicación queremos seguir siendo relevantes dentro de las organizaciones, no podemos perder de vista aquello que nos permitió ganarnos un espacio en la alta dirección: aportar una mirada distinta, incómoda cuando hace falta y, en muchos casos, contracorriente. Porque cuando la comunicación se desconecta de los objetivos del negocio y se limita a producir contenido, deja de ser estratégica y se convierte en ruido bien presentado.













