Por: Bruno Basile | [email protected]
La primera vez que escuché a Umberto Eco opinar sobre las redes sociales en 2015, lo sentí más como una reflexión filosófica de una persona que no comprendía la nueva realidad del mundo que como la observación de un visionario. Lo cierto es que cada día que pasa me arrepiento más de no haberle prestado suficiente atención. Y, sobre todo, de no saber tampoco cómo ni qué aportar para evitar que la dictadura de las redes sociales siga consumiendo a generaciones enteras. No solo de jóvenes, sino de adultos con supuesto criterio formado.
Decía Eco que “las redes sociales dan a legiones de idiotas el derecho a hablar, cuando antes solo hablaban en un bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad… pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel”.
En mi opinión, su reflexión sigue siendo tan válida como en 2015. Eco jamás pudo imaginar que, a través de las redes sociales, se podría influir en la conciencia y en la toma de decisiones de las personas hasta el punto de moldear preferencias políticas o ganar elecciones. Tampoco pudo prever el surgimiento de herramientas de inteligencia artificial capaces de producir contenidos, imágenes, opiniones simuladas e incluso conversaciones enteras a una velocidad imposible para cualquier ser humano. Todo ello ha transformado profundamente la manera en que consumimos información, construimos nuestras opiniones y entendemos el mundo.
A menudo llamamos a este fenómeno polarización. Pero ¿qué es polarización realmente? Si vamos a la definición ortodoxa, polarizar es orientar la atención, el interés o las opiniones en dos direcciones contrapuestas, a menudo implicando crispación o confrontación. En palabras llanas, soltar opiniones o comentarios que generen enfrentamiento entre dos o más partes.
Siguiendo esa línea, la polarización podría llegar a considerarse estratégica o visceral. Es estratégica cuando existe una agenda determinada, con mensajes pensados y un objetivo claro para moldear el pensamiento de una o varias personas. Es visceral cuando simplemente se escupen ideas basadas en traumas, sesgos y discriminación aprendida en el hogar o en el entorno inmediato. Ambas son peligrosas. Ambas envenenan, simplifican los problemas y distorsionan el criterio de las personas más vulnerables.
Y no me refiero a vulnerabilidad socioeconómica ni educativa. Me refiero a la vulnerabilidad que nace de la inmediatez, de la gratificación instantánea que promueven las redes sociales, de la necesidad de marcarnos con etiquetas fáciles. También del afán moderno de empaquetar pensamientos, roles de género, preferencias sexuales, creencias y hasta identidades completas. Lo que se sale del molde establecido se desecha porque no encaja.
No cuestiono los cambios de tendencia. Tampoco cuestiono el cambio. Cuestiono el riesgo, cada vez más real, de convertirnos en silos donde los sesgos y la discriminación de algunos se vuelven la verdad aceptada por muchos. Frases como “no me gustan los migrantes”, “los hombres solo son proveedores” o “las mujeres no hacen eso” son ejemplos distintos de un mismo fenómeno. Abre comillas y coloca la frase que quieras. Al final del día, la división es la misma.
Sin embargo, la conversación ya no puede limitarse a las redes sociales. Hoy vivimos un momento en el que los sistemas de inteligencia artificial se entrenan con enormes volúmenes de información generada por seres humanos. Y los seres humanos somos tan brillantes como imperfectos. Nuestros datos contienen conocimiento, creatividad y progreso, pero también prejuicios, estereotipos y discriminaciones históricas.
Por eso, cuando hablamos de inteligencia artificial, también estamos hablando inevitablemente de ética. Porque una tecnología que aprende de nosotros puede reproducir nuestros mejores valores, pero también amplificar nuestras peores inclinaciones. Una inteligencia artificial sin criterios éticos claros corre el riesgo de convertirse en un multiplicador de sesgos a una escala sin precedentes.
Y es ahí donde vuelve la pregunta. ¿Vivimos realmente en un mundo polarizado o vivimos en un mundo donde los sesgos y la discriminación encontraron un megáfono para amplificarse?
Durante años, ese megáfono fueron las redes sociales. Hoy, además, puede ser la inteligencia artificial. No porque la tecnología sea buena o mala por sí misma, sino porque refleja, en gran medida, las decisiones, prioridades y valores de quienes la diseñan, la entrenan y la utilizan.
Por eso, el verdadero desafío de esta nueva era no consiste únicamente en desarrollar herramientas más inteligentes. Consiste en desarrollar sociedades más conscientes de sus propios prejuicios. La responsabilidad no está solo en el código, sino también en las personas.
Sigo pensando que lo que nos une siempre será más fuerte que lo que nos separa. Pero hay días, en los que me preocupa la velocidad con la que convertimos a las personas en estereotipos y a la realidad en trincheras. Quizá el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea combatir la polarización, sino atrevernos a recuperar la complejidad del ser humano en un mundo que insiste en simplificarlo todo. Porque cuando los sesgos encuentran un megáfono, la ética deja de ser una opción. Se convierte en una responsabilidad.
